jueves, 26 de mayo de 2011

El Pulque. La bebiba de los Dioses en el Siglo XX

En la historia de la humanidad hay ideas y costumbres que se mantienen vigentes pese al paso de los años y México no es la excepción. Una de esas costumbres que han persistido en el país desde tiempos inmemoriales es el consumo de pulque, esto aunado a su carácter típicamente mexicano. Es por ello que surgió el interés de adentrarnos en el tema ya que, aunque sigue existiendo y consumiéndose, la percepción ha cambiado así como los mismos consumidores.

El documental que se realizó para la materia de Cine, Radio y Televisión nos dejó grandes sorpresas. Primero, para la investigación nos remontamos hasta la civilización mexica, con el mito de la creación del pulque y su diosa Mayahuel, la cual se representa en el Códice Laúd. La historia continúa incluso durante todo el siglo XIX, de lo que tenemos noticia gracias a crónicas como la Madame Calderón de la Barca quien, en su obra La vida en México. Una residencia de dos años en ese país, incluso nos narra sus primeros encuentros con la bebida, de la que terminaría comentando: “[…] al principio le tuerce uno el gesto, y después se comienza a tomarle el gusto […]”[1]
             
La presencia del pulque en la historia nacional es evidente, pero… ¿cómo se ha visto modificado el consumo de esta bebida ante el embate de la modernidad? ¿El surgimiento de nuevas bebidas modificó los índices de dicho consumo? ¿Quiénes son los que ahora lo beben? Esas y otras preguntas fueron las que nos planteamos y buscamos responder a través del contacto con los clientes de una de las más famosas pulquerías en la ciudad: “Las Duelistas.”

Lo que al principio parecía no tan complejo, se volvió todo un reto. Desde conseguir el permiso para grabar hasta el momento de la presentación del trabajo. Las pláticas con los clientes del lugar nos permitían conocer una faceta más personal y era bastante agradable conocer sus puntos de vistas, pese a ello, no todo fue "miel sobre hojuelas", nunca falta quien vea mal el trabajo que uno realiza, volviéndolo más difícil de realizar y el proyecto a penas comenzaba a volverse una realidad.

La edición fue aún más complicada, de horas de grabación resultó que sólo servían algunos minutos y aquí hago un paréntesis para agradecer su ayuda a una excelente amiga de años, Georgina López del Río, estudiante de cinematografía en el CUEC que tuvo la paciencia necesaria para apoyarnos con la edición de forma que, lo que hubiera tardado semanas, sólo nos llevó días, sin ella los resultados no habrían sido tan satisfactorios. Tratar de convertir el archivo a un formato compatible fue un desastre, no pudimos modificarlo, a computadora no lo leía... Finalmente, pudimos proyectarlo y, al parecer, el resultado fue bien recibido. 

Como conclusión, la elaboración del trabajo llevó días de grabación, otros cuantos de edición, la pérdida de una memoria USB y ser tachada de "inmoral" por "grabar a la gente en su intimidad", sin embargo, al ver el producto terminado, nos llevamos un buen sabor de boca, y no sólo con el nuestro, sino con los trabajos de otros compañeros que abordaron temas originales y muy interesantes.

Asimismo, nos sirvió para aplicar lo que vimos durante las clases anteriores, ver que la labor no es nada sencilla, pero que es un medio útil para hacernos ver y escuchar, para transmitir nuestras ideas y la visión del mundo que nos rodea. Me quedo con el deseo de llevar a cabo un proyecto aún mayor, en el que hagamos de nuestra ciencia histórica un objeto de sana divulgación valiéndonos de esta primera experiencia con las cámaras y aprendiendo de cada intento que realicemos en el camino.

[1] Madame Calderón de la Barca, La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, 6a. edición, traducción y prólogo de Felipe Teixidor, México, Porrúa, 1981, p. 119

lunes, 28 de marzo de 2011

Contexto de la producción cinematográfica nacional ("Cine de Oro")


El nacimiento de La Época de Oro se da a mediados de los años treinta […] durante ese tiempo varios factores políticos influyeron en el desarrollo del cine mexicano, entre estos encontramos que durante la Segunda Guerra Mundial, debido al hundimiento de barcos petroleros mexicanos por submarinos alemanes, el Presidente Manuel Ávila Camacho declaró la guerra a las potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón), colocando al país en medio del conflicto y de parte de los Aliados.

Debido a la guerra algunos materiales para la producción lo usaban como invento bélico y Europa que era uno de los países más importantes en la producción cinematográfica, sufriendo las consecuencias de ver a su producción caer por ser en su país el lugar donde se desarrollaron los conflictos. Por esta razón, México nunca tuvo problemas para obtener permisos de proyecciones en el extranjero o préstamos económicos con los países aliados. Además se disminuyó la competencia abriendo paso a nuevas estrellas del cine nacional, como Jorge Negrete, Dolores del Río, Emilio Fernández, María Félix, Mario Moreno “Cantinflas”, Pedro Armendáriz, Sara García, Fernando y Andrés Soler, Joaquín Pardavé, Arturo de Córdova. Así como directores, entre los que están Emilio Fernández,  Julio Braco, Roberto Gavaldón e Ismael Rodríguez.

La década de los cuarenta deja ver las tendencias de monopolización, empezando por la empresa CLASA que compra a GROVAS y se alió con Film Mundiales, bajo la dirección de Manuel Espinosa Iglesias. La intromisión de Jenkis en la industria nacional toma control de Salas Puebla u alrededores, haciendo que en México no desaparezca la producción americana. El año de 1941 fue de ayuda a la producción nacional creando el Departamento de Supervisión Cinematográfica dependiente de la Dirección General de Información de la Secretaría de Gobernación, este departamento se encargaba de autorizar la exhibición comercial de las películas en el país así como su exportación […]

En 1946 asumió la presidencia el veracruzano Miguel Alemán Valdés […] el control del cine para a manos de la Secretaría de Gobierno, con esto la monopolización mediante el poder influyente que Jenkis tenía se da con mayor fuerza […]. 

El éxito de la televisión no sólo acontecía en México sino en todo el mundo obligando al cine a mejorar sus transmisiones, lo que hizo que en los primero años de la década de los cincuenta los técnicos del cine ampliaran las pantallas y esta fuera en tercera dimensión. El mejoramiento del color, el sonido estereofónico y los temas fuertes fueron otro recurso utilizado por el cine para atraer al público; lógico que esto era demasiado costoso lo que impidió a la economía mexicana obtener la nueva tecnología. 

La cinematografía nacional cada vez estaba más por los suelos por la competencia extranjera, [por lo que] se veían obligados a producir hasta tres películas por semana, que eran como resultado un “churro”, era un cine rutinario y vulgar, carente de imaginación, pues el Departamento de Censura había permitido la presentación de desnudos femeninos, experimentando si con esto podían lograr la atención de la gente. 


Millán Hernández, M. A. 2004. Investigación del factor que influye en la temática de producción del cine mexicano contemporáneo. Tesis Licenciatura. Ciencias de la Comunicación. Departamento de Ciencias de la Comunicación, Escuela de Ciencias Sociales, Universidad de las Américas Puebla. Mayo 2004, en http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/tales/documentos/lco/ millan_h_ma/capitulo1.pdf

Orígenes del cine de ficción

Si se tiene como cine de ficción a aquel que emplea actores para contar un argumento, habría que remontarnos hasta 1896 para encontrar el primer ejemplo de ello en nuestro cine.

Un duelo a pistola en el bosque de Chapultepec (1896) fue filmada en ese año por los franceses Bernard y Veyre, en base a un hecho real, ocurrido poco tiempo antes entre dos diputados en el bosque de Chapultepec.

Esta cinta levantó una ola de protestas en la prensa, debido a que el público interpretaba el evento como la filmación del hecho real. A pesar de que se anunciaba que el filme era una reconstrucción de los hechos, el público no distinguía todavía la diferencia entre realidad y ficción. El carácter realista del cine hacía pensar que todo lo que se mostrara era, al ser capturado por la cámara, verdadero.

Las reconstrucciones de eventos famosos no eran novedad en 1896. Edison había filmado una pequeña cinta para su Kinetoscopio que bien pudo haber inspirado la cinta de Bernard y Veyre. Pedro Esquirel and Dionecio Gonzales - Mexican Duel (1894) presentaba quizás a los primeros mexicanos mostrados en película: dos hombres que se enfrentaban en un duelo a cuchilladas. Esta imagen del mexicano violento fue, desde entonces, el estereotipo impuesto por el cine norteamericano al referirse a México. Otras reconstrucciones famosas fueron las realizadas por Méliès sobre el hundimiento del barco Maine (1898); la realizada por el mismo Méliès sobre la coronación de Eduardo VII de Inglaterra (1902); y la realizada por Edwin S. Porter sobre el caso de la señora Soffel (1901).

Volviendo a México, Salvador Toscano filmó en 1899 una versión corta de Don Juan Tenorio. Este filme mostraba la ambivalencia con que se tomaba la ficción en esa época: era documental porque registraba la representación teatral de la obra, pero era ficción porque únicamente mostraba el desempeño de los actores.

En 1907, el actor Felipe de Jesús Haro realizó la primera cinta ambiciosa de ficción filmada en México: El grito de Dolores o La independencia de México (1907). El mismo Haro interpretó al libertador Miguel Hidalgo y escribió el argumento. La película se exhibió, casi obligatoriamente, cada 15 de septiembre hasta 1910.

Otros filmes de ficción de esa época fueron: El san lunes del valedor o El san lunes del velador (1906), cinta presumiblemente cómica dirigida por Manuel Noriega; Aventuras de Tip Top en Chapultepec (1907), cortometraje del ya mencionado Haro; El rosario de Amozoc (1909) primer filme de ficción de Enrique Rosas; y El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart (1912) de los hermanos Alva, el más antiguo filme de ficción del cual todavía se conservan copias. Esta cinta es una comedia interpretada por los actores Vicente Enhart y Antonio Alegría, cómicos del teatro "Lírico", que muestra una marcada influencia francesa en su estilo de realización.

La revolución marcó un gran paréntesis en la realización de filmes de ficción en México. Con la finalización oficial del conflicto, en 1917, pareció renacer esta vertiente cinematográfica, ahora en la modalidad del largometraje.

De hecho, se considera que entre 1917 y 1920 hubo en México una época de oro del cine, situación que no se repetiría sino hasta tres décadas después. Es curiosa la coincidencia de que la mejor época del cine silente mexicano se inicie durante los años de la Primera Guerra Mundial, mientras que la mejor época de nuestro cine sonoro coincida con la Segunda Guerra. En ambas situaciones se presentó una disminución en la importación de películas, resultado natural de la disminución en el número de filmes producidos por los países en guerra durante esos años.

En 1917, la principal importación de filmes hacia México provenía de Europa. Estados Unidos no terminaba de afianzarse como un gran centro productor cinematográfico, aunque Hollywood ya comenzaba a perfilarse como la futura Meca del cine. Además, las relaciones tirantes entre México y Estados Unidos, junto con la imagen estereotipada del "mexicano bandido" en muchos de los filmes norteamericanos, provocaba un rechazo, tanto oficial como popular, hacia muchas de las películas estadounidenses de la época.

Francia e Italia fueron los patrones a seguir para la "reinauguración" del cine mexicano de ficción en 1917. Ese año se estrenó en México El fuego (Il fuoco, 1915) filme italiano interpretado por Pina Menichelli, actriz que logró gran popularidad en nuestro país y que introdujo el concepto de "diva" del cine, anteriormente sólo utilizado para el teatro o la ópera.

El fuego (1915) inauguró una tendencia romántica-cursi que hizo furor en México y que influyó al cine de otros países, incluyendo Estados Unidos. El universo de las "divas" se componía de ingredientes que pronto se asimilaron en otras cinematografías: mujeres voluptuosas, escenarios suntuosos, historias pasionales y atrevidas. La propuesta italiana planteaba un cambio en la mentalidad de la época, producto inmediato de la guerra. El papel de la mujer se ampliaba en el cine, aunque sólo fuera como "objeto de pasiones amorosas." La nueva mujer -que obtenía el derecho al voto y que pronto se recortaría el pelo, se liberaría del corsé y se acortaría la falda- hacía su aparición en las pantallas cinematográficas. 

La luz, tríptico de la vida moderna (1917) es el título del primer largometraje "oficial" del cine mexicano. El adjetivo "oficial" se debe a que pocos autores reconocen el trabajo de los yucatecos Carlos Martínez de Arredondo y Manuel Cirerol Sansores, quienes un año antes filmaron 1810 ó ¡los libertadores de México! (1916) el que probablemente sea el primer largometraje de ficción nacional. El hecho de haber sido filmado en Yucatán -junto con El amor que triunfa (1917)- lo ha relegado en contra de La luz, tríptico de la vida moderna (1917), filme realizado en la ciudad de México.

Producida por el francés Max Chauvet, y dirigida por J. Jamet -probable seudónimo del realizador Manuel de la Bandera- La luz, tríptico de la vida moderna (1917) ha sido atribuida al camarógrafo mexicano Ezequiel Carrasco, quien prolongó su carrera dentro del cine nacional hasta los años sesenta. Con un argumento que prácticamente era un plagio de la afamada El fuego (1915), el filme catapultó al estrellato nacional a la primera "diva" mexicana: Emma Padilla.

Otros filmes famosos de esta primera época de oro fueron: En defensa propia (1917), La tigresa (1917) y La soñadora (1917), producidos todos por la Compañía Azteca Films. Esta firma, fundada por la actriz Mimí Derba y por Enrique Rosas, constituyó la primera empresa de cine totalmente mexicana. Probablemente Derba haya sido la primera directora de cine nacional, si es cierto que dirigió La tigresa (1917).

Los temas que han acompañado a nuestra cinematografía nacieron también en los años de 1917 a 1920. Tepeyac (1917), filme que relacionaba extrañamente las apariciones de la Virgen de Guadalupe con el hundimiento de un barco en el siglo veinte, fue filmado por Fernando Sáyago. Tabaré (1917) de Luis Lezama, guarda una estrecha relación en su argumento con filmes como Tizoc (1957): el indio que se enamora de la rica heredera de piel blanca. Finalmente Santa, la prostituta creada por el escritor Federico Gamboa, hizo su primera aparición cinematográfica en la cinta dirigida por Luis G. Peredo en 1918. Otra versión de Santa (1931) iniciaría la era sonora del cine mexicano y marcaría el rumbo de uno de los principales arquetipos femeninos de nuestro cine: la prostituta o cabaretera.

Mención especial merece El automóvil gris (1919), sin lugar a dudas el filme más famoso de la época muda del cine mexicano. Filmado por Enrique Rosas -de gran trayectoria cinematográfica si consideramos las veces que ha sido nombrado en este texto- el filme en realidad no es tal; es una serie de doce episodios que cuenta las aventuras de una famosa banda de ladrones de joyas que se hizo célebre en la ciudad de México hacia 1915.

Las series o "seriales" representaron las primeras incursiones del cine norteamericano en el gusto popular mexicano. Para 1919 se habían suavizado las fricciones con el vecino del norte, y el cine hollywoodense comenzaba a conquistar mercados en todo el mundo. Estos filmes por episodios habían nacido en Francia, alrededor de 1913, siendo el primero Fantomas de Louis Feuillade, una serie sobre el famoso ladrón elegante de las tiras cómicas.

El más popular de los "seriales" norteamericanos fue el titulado Los peligros de Paulina (The Perils of Pauline, 1914) el cual narraba las aventuras de una joven reportera -novedad para la época- que se metía en distintos líos debido a su profesión. Esta serie propugnaba el nuevo papel activo de la mujer en Norteamérica, además de ser una fuente de entretenimiento en las ya populares "matinées" cinematográficas.

De esta manera, El automóvil gris (1919) inauguraba, sin claros sucesores, el "serial" mexicano. La cinta (o cintas) poseía además un elemento novedoso y controversial: era el primer filme cuyo argumento se inspiraba claramente en hechos recientes, acontecidos en el país. En el evento original había estado involucrado un general carrancista que fue socio de Rosas en la formación de Azteca Films, y los personajes que aparecían en pantalla eran claramente identificables por el público.

Para completar la controversia, una de las escenas de la serie constituía una extraña mezcla de ficción y realidad: el fusilamiento de algunos miembros de la banda no era actuado, sino que Rosas había tomado la escena original filmada por él mismo, y la había incluido en la cinta. De esta manera, el filme aseguraba, de manera mórbida, su popularidad en el público. 

El automóvil gris (1919) constituye un fenómeno curioso dentro de nuestra cinematografía. Hasta hace pocos años la cinta era exhibida regularmente, aunque mutilada, en cine y televisión. En 1933 fue sonorizada, arruinando gran parte de su originalidad. Los diálogos añadidos ridiculizan las actuaciones teatralizadas de la época y no aportan nada a la historia. En 1960, la cinta fue editada para convertirla en largometraje, lo cual la acabó de arruinar completamente. Se eliminaron muchas escenas que funcionaban como "puentes" para las acciones, de tal manera que el filme visible hoy en día en una versión confusa del "serial" original. El automóvil gris (1919) fue la última realización de Enrique Rosas, fallecido en 1920. 


http://cinemexicano.mty.itesm.mx/ficcion.html

Joyas cine silente (1896-1928)y sus estrellas


Olvidado por décadas, el cine silente mexicano ha podido ser recuperado en años recientes gracias al empeño de investigadores, periodistas y autoridades cinematográficas. A pesar de que la mayor parte de la producción silente se ha perdido para siempre, las películas que se lograron conservar constituyen un patrimonio histórico de valor incalculable. Entre ellas se encuentra uno de los mayores éxitos de taquilla de nuestro cine: El automóvil gris (1919).
Cortometrajes silentes:
  1. Un duelo a pistola en el Bosque de Chapultepec (1896) de Gabriel Veyre y Claude Ferdinand Bon Bernard
  2. El san lunes del valedor o El san lunes del velador (1906) de Manuel Noriega
  3. Aventuras de Tip Top en Chapultepec (1907) de Felipe de Jesús Haro
  4. El grito de Dolores o La independencia de México (1907) de Felipe de Jesús Haro
  5. El rosario de Amozoc (1909) de Enrique Rosas
  6. El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart (1912) de los Hermanos Alva
Largometrajes silentes:
  1. 1810 ó ¡Los libertadores de México! (1916) de Manuel Cirerol Sansores
  2. Alma de sacrificio (1917) de Joaquín Coss
  3. El amor que triunfa (1917) de Manuel Cirerol Sansores
  4. En defensa propia (1917) de Joaquín Coss
  5. La luz, tríptico de la vida moderna (1917) de J. Jamet (Manuel de la Bandera o Ezequiel Carrasco)
  6. La soñadora (1917) de Eduardo Arozamena y Enrique Rosas
  7. Tabaré (1917) de Luis Lezama
  8. Tepeyac (1917) de José Manuel Ramos, Carlos E. González y Fernando Sáyago
  9. La tigresa (1917) de Mimí Derba y Enrique Rosas
  10. Triste crepúsculo (1917) de Manuel de la Bandera
  11. Santa (1918) de Luis G. Peredo
  12. Venganza de bestia o Xandaroff (1918) de Carlos Martínez de Arredondo
  13. El automóvil gris (1919) de Enrique Rosas, Joaquín Coss y Juan Canals de Homs
  14. La banda del automóvil o La dama enlutada (1919) de Ernesto Vollrath
  15. Cuauhtémoc (1919) de Manuel de la Bandera
  16. La llaga (1919) de Luis G. Peredo
  17. Viaje redondo (1919) de José Manuel Ramos
  18. Hasta después de la muerte (1920) de Ernesto Vollrath
  19. El Zarco o Los Plateados (1920) de José Manuel Ramos
  20. El caporal (1921) de Miguel Contreras Torres
  21. De raza azteca (1921) de Guillermo "Indio" Calles y Miguel Contreras Torres
  22. En la hacienda (1921) de Ernesto Vollrath
  23. Fanny o El robo de veinte millones (1922) de Manuel Sánchez Valtierra
  24. El hombre sin patria (1922) de Miguel Contreras Torres
  25. La parcela (1922) de Ernesto Vollrath
  26. Almas tropicales (1923) de Manuel R. Ojeda y Miguel Contreras Torres
  27. El hijo de la loca (1923) de José S. Ortiz
  28. Atavismo (1923) de Gustavo Sáenz de Sicilia
  29. Un drama en la aristocracia (Escándalo social o Un escándalo en la aristocracia) (1924) de Gustavo Sáenz de Sicilia
  30. El buitre (1925) de Gabriel García Moreno
  31. Tras las bambalinas del Bataclán (1925) de William P. S. Earle
  32. Del rancho a la capital (1926) de Eduardo Urriola
  33. El indio yaqui (1926) de Guillermo "Indio" Calles
  34. Una catástrofe en el mar (1927) de Eduardo Urriola
  35. El león de (la) Sierra Morena (1927) de Miguel Contreras Torres
  36. El puño de hierro (1927) de Gabriel García Moreno
  37. Raza de bronce (1927) de Guillermo "Indio" Calles
  38. El tren fantasma (1927) de Gabriel García Moreno
  39. El secreto de la abuela (1928) de Cándida Beltrán Rendón
  40. Sol de gloria (1928) de Guillermo "Indio" Calles
  41. La boda de Rosario (1929) de Gustavo Sáenz de Sicilia
  42. Los hijos del destino (1929) de Luis Lezama
  43. Terrible pesadilla (1929) de Charles Amador
  44. Alas de gloria (1929) de Ángel E. Álvarez
  45. Aguiluchos mexicanos (1924-29) de Miguel Contreras Torres y Gustavo Sáenz de Sicilia
http://cinemexicano.mty.itesm.mx/pelicula2.html

Estrellas del cine silente
El cine mexicano de la época silente tuvo sus grandes estrellas, algunas de las cuales se convirtieron en figuras importantes del cine sonoro. De las jovencitas que copiaban los exagerados manierismos de las divas italianas, hasta los audaces charros que exportamos a Hollywood, las estrellas del arte mudo dejaron una huella imborrable en la historia de nuestra cinematografía.
Estrellas del cine silente:
  1. Cándida Beltrán Rendón
  2. Guillermo "Indio" Calles
  3. Miguel Contreras Torres
  4. Mimí Derba
  5. Ramón Novarro
  6. Emma Padilla
  7. Elena Sánchez Valenzuela
  8. Adela Sequeyro
  9. Lupe Vélez

Memoria Fílmica de la Revolución Mexicana, Filmoteca de la UNAM

La Filmografía que ofrece la Filmoteca de la UNAM en ocasión del Centenario de la Revolución, consigna 519 títulos: 134 documentales nacionales y 86 extranjeros, así como 156 ficciones nacionales y 143 extranjeras. La mayoría de los títulos extranjeros proviene del país que vigiló más acuciosamente el curso de nuestra Revolución: los Estados Unidos. Es muy probable que muchos títulos hayan escapado a nuestra indagación, pese a que nos empeñamos en documentarlo todo y no adoptamos ningún criterio de exclusión; lo mismo incluimos las realizaciones de los profesionales consagrados que los ejercicios escolares y los de amateurs.

El mérito de esta filmografía es reunir trabajos previos de investigadores de la talla de Emilio García Riera, Aurelio de los Reyes, Margarita de Orellana, Mario A. Quezada y de los archivistas de la Filmoteca de la UNAM, que dedicaron muchos años a documentar el cine de la Revolución. Esta recopilación es pues, una suma que agrega unos cuántos títulos recientes, más lo que se ocultó a quienes nos precedieron en la construcción de filmografías de la Revolución y ahora es fácil consignar gracias a la Internet.

Muchas de las películas aquí mencionadas se han perdido —desgraciadamente una gran cantidad de los documentales filmados en la época— y se han perdido quizá para siempre. Sólo quedará de ellas lo que consignaron periódicos y memorias cinematográficas de la época: a veces nada más el título con que se exhibieron. Algunas esperan su recuperación y restauración en rincones y archivos olvidados. En el mundo hay muchos investigadores empeñados en esta tarea.
  
El cine de la Revolución es un álbum de múltiples estampas. Cientos de películas filmadas por mexicanos y extranjeros han abordado el tema con los más diversos fines y desde las más extremas perspectivas. En el conjunto podemos distinguir tres vertientes principales: la noticiosa, que se filmó en el momento mismo de los sucesos; la documental, que una vez pasado el acontecimiento intenta reconstruir los hechos; y finalmente, el cine de ficción, que se nutre de la Revolución como tema de sus tramas. En este abigarrado mosaico caben desde imágenes captadas por testigos de los acontecimientos, como Jesús H. Abitia, Salvador Toscano, los hermanos Alva, Julio Lamadrid, Lealand J. Burrud, Herbert M. Dean, Carl von Hoffman o William Fox, hasta las versiones más disparatadas, como aquella en que el misterioso luchador enmascarado, La Sombra, busca un supuesto tesoro enterrado de Pancho Villa.

Y es que la Revolución ha sido motivo de escarnio y exaltación, de demagogia y aproximación crítica, de relajo y tragedia; el cine la revisa con las ópticas del melodrama, la tragedia, la comedia y la aventura; pocas, aunque notables ocasiones, con una perspectiva  histórica seria y documentada. Muchos cines han contado muchas revoluciones. A todos hay que agradecerles que evoquen, incluso con todos sus sesgos y distorsiones, aquel momento crucial, capital en la historia de México, en el que las muchedumbres armadas subvirtieron el orden social para reivindicar su existencia y aspiraciones.

Prácticamente todos los caudillos de la Revolución advirtieron el poder del cine y quisieron utilizarlo en su favor: Francisco I. Madero supo aprovechar las habilidades de Salvador Toscano y de los hermanos Alva para proyectar su imagen tras la firma de los acuerdos de Ciudad Juárez en 1911. Pancho Villa firmó en 1914 el famoso contrato de exclusividad con la Mutual Film Company, que sirvió para difundir una imagen favorable de su causa en los Estados Unidos y para hacerse de 50 mil dólares que destinó a aprovisionar a la División del Norte. Huerta intentó utilizar a camarógrafos norteamericanos, como Frank Jones y Fritz Arno Wagner, para ilustrar el supuesto poder y profesionalismo de un ejército federal que avanzaba de derrota en derrota. Venustiano Carranza contó con los servicios del cineasta George D. Wright, norteamericano radicado en México, quien fue un activo propagandista del “Primer Jefe”.  Álvaro Obregón se hizo acompañar por el notable fotógrafo Jesús H. Abitia a lo largo de sus ocho mil kilómetros en campaña.

Quizá sólo el sur zapatista se mantuvo al margen de estas estrategias cinematográficas. Según Armando Bartra, la política de medios del Ejercito Libertador del Sur optó por los corridos de Marciano Silva impresos en papel de china, que todavía se pueden adquirir en los mercados pueblerinos de Morelos, Puebla y el Estado de México. Y si quedaron algunas imágenes cinéticas del Morelos insurrecto, fue gracias a las cámaras que acompañaron al presidente Madero cuando el apóstol de la democracia viajó a Cuernavaca para tratar de convencer infructuosamente a Emiliano Zapata de que el asunto más urgente de la Revolución no era el de la tierra. Las otras imágenes cinematográficas de los zapatistas corresponden al punto más álgido de la Revolución, y quizá por ello eran inevitables: atestiguan la entrada a la capital del país de los ejércitos de la Convención, con Zapata y Villa a la cabeza, al ritmo un tanto apresurado y antinatural de los 18 cuadros por segundo.

Otras revoluciones cuenta el cine de ficción. Aquí cabe de todo: batallas que lo mismo sirven de marco escenográfico a los gestos hieráticos de estrellas de la pantalla como Pedro Armendáriz, el Indio Fernández, Pedro Infante, María Félix, Dolores del Río o Silvia Pinal, que al lucimiento fotográfico de Gabriel Figueroa, quien se empeñó en demostrar que la Revolución Mexicana transcurrió bajo los cielos más hermosos del mundo. Luchas y sacrificios que encuentran su consagración en corridos cantados al calor de las fogatas de los campamentos. Finales de película en los que engolados declamadores explican a los espectadores que tanta sangre derramada, tanto sudor y lágrimas, finalmente se justifican por la seguridad social, las esplendorosas escuelas, carreteras, presas y otras obras públicas construidas por los regímenes surgidos de la gesta histórica de 1910. Y en la versión norteamericana dominante, la Revolución no es más que la historia de una mexican señoritagreaser ensombrerado, con dobles cananas, pistolas y sables, a la que salva un guapo joven, americano, rubio y de indudable estirpe hollywoodense. asediada por un lascivo

Pero los cines de la Revolución Mexicana también propician muchas lecturas. Un ejemplo: Friedrich Katz termina su libro Pancho Villa, evocando a los jóvenes socialistas austriacos que convirtieron Viva Villa! —la caricaturesca biografía del revolucionario narrada en tono de western por Howard Hawks y Jack Conway en 1934— en arma de lucha contra el régimen fascista.

Cientos de ellos acudían al Kreuzkino, en el centro de Viena, donde se exhibía el film —cuenta el historiador—. Cuando Villa aparecía en la pantalla llamando a los peones mexicanos  a levantarse contra sus opresores y gritando “¡Viva la revolución!”, el público austriaco se levantaba de sus asientos gritando a su vez: “¡Abajo la dictadura de Schuschnigg! ¡Viva la democracia! ¡Viva el Partido Socialista!”

Así como cada espectador realiza su propio montaje con los fragmentos  de las películas de la Revolución que ve a lo largo de su vida, para, finalmente, editar su propia versión, hay quienes han intentado materializar su “película” tejiendo a su manera con trozos extraídos de realizaciones ajenas. Mientras buscaba The Life of General Villa —una de las muchas películas perdidas a las que aludimos líneas arriba— Gregorio Rocha localizó en la biblioteca de la Universidad de Texas en El Paso una cinta ya muy deteriorada. Se trataba de una obra de revancha, creada por Félix y Edmundo Padilla, exhibidores de cine silente en Texas, quienes insatisfechos con las versiones antivillistas que proponían las películas que ellos mismos distribuían, se dieron a la tarea de realizar La venganza de Pancho Villa, construida con fragmentos de esos mismos filmes más algunas escenas que filmaron utilizando como actores a sus familiares y amigos y un texto francamente villista.

Finalmente el cine tiene sus límites, y sin duda no resulta tan cierto aquello de que “una imagen vale más que mil palabras”. No creo que haya imagen cinematográfica con más fuerza, más conmovedora y que hable con más claridad de la Revolución Mexicana, que aquella que nos legó la bailarina Nellie Campobello en Cartucho, el libro que recoge los recuerdos de su infancia en Parral, Chihuahua.  

Juan Manuel Aurrecoechea, “El cine y la Revolución Mexicana Filmografía” en Filmoteca UNAM http://www.cineyrevmex.unam.mx/home.seam

Del Kinetoscopio y del Cinematógrafo


El invento de moda entonces, el kinetoscopio, de Thomas Alva Edison, según las noticias de los periódicos, fue traído a la ciudad de México al iniciarse el año de 1895. Las invenciones del sabio norteamericano tenían deslumbrados a los espíritus refinados de la sociedad, y en general de todo aquel que se había asomado a esas sesiones de magia mecánica. En 1980 José Martí, colaborador desde Nueva York para El Partido Liberal, escribía con admiración:

Desde que estuvo Edison en París, se habla más de él. El hombre, misterioso y natural, admira tanto como el invierno. Vive con las manos en lo desconocido, y tiene visiones como las del místico Swedenborg, y fantasías como las de Poe o de Quincey, para este físico todo tiene alma. Le preguntan por Dios, y dice que casi lo ha visto, “casi se puede probar la existencia de Dios con la química”. Tiene este mecánico, una poesía matemática y formidable. [1]
La sociedad mexicana, al igual que el escritor cubano, respetaba y por igual hacía circular visiones y fantasías en torno al invento de Alva Edison. Al iniciar el año de 1895 los periódicos de la capital informaban –simultáneamente- de la precaria salud del poeta y cronista Manuel Gutiérrez Nájera, y de la gran admiración que el nuevo artefacto “del brujo de Menlo Park” había suscitado entre los periodistas.

En esa primera exhibición del kinetoscopio, presentada la noche del viernes 18 de enero, los asistentes tuvieron la oportunidad de apreciar dos escenas: la representación de unos himbres herrando un caballo y la del conocido baile de La Serpentina.

Pocos días después las “máquinas Edison” estuvieron en exhibición en la calle de La Profesa. Muy pronto el kinetoscopio (o “las vistas”, como se les denominó entonces) se convirtió en un espectáculo que divertía a todos los públicos y los preparaba para recibir el gran acontecimiento que significaría el cinematógrafo, un año más tarde, en agosto de 1896.[2]

Hace más de un siglo el kinetoscopio, y sobre todo el cinematógrafo, lograron suscitar en los espectadores una seducción y un asombro nunca antes experimentados. Hacia 1891 Edison concibió la idea de un instrumento automático para la exhibición de vistas animadas que podían sincronizarse con piezas fonográficas grabadas para acompañar la proyección. La magia del kinetoscopio de Edison es descrita sencillamente por uno de los estudiosos del cine:
El cinetoscopio o “kinetoscopio”. Consistía en una gran caja, donde la película o películas pasaban, arrolladas en un sinfín, ante una lente, con un obturador. El film corría con movimiento continuo, a cuarenta y seis imágenes por segundo, velocidad extraordinaria que le restaba eficacia, pero que venía obligada por la relación entre la visión y la persistencia retiniana, su gran problema para que las imágenes se movieran con fluidez y no a saltos.[3]
Las bandas del kinetoscopio reproducían escenas de diversa índole: cómicas, atléticas, coreográficas y hasta zoológicas. Tenían una longitud de 15 a 20 metros y proporcionaban espectáculos de dos o tres minutos de duración. La observación de estas escenas desde la ventanilla del aparato se efectuaba al trasluz, pues las bandas –que eran de celuloide transparente- estaban iluminadas en su parte posterior por una lámpara eléctrica. Las películas del kinetoscopio son diapositivas obtenidas por impresión de contacto con las bandas negativas de un tomavistas llamado kinetógrafo, mediante el cual Edison consique fotografiar 16 imágenes por segundo, promedio de la futura cinematografía.

No obstante los hallazgos logrados por el inventor norteamericano, el kinetoscopio era un aparato que sólo permitía la visión individual: 

Había que inclinarse ante él para advertir unas figuras animadas, filmadas en estudio, que representaban por lo general breves proezas de bailarinas, cirqueros, boxeadores y luchadores, o a un señor estornudando, o a una pareja de actores –May Irwin y John C. Rice- dándose un beso tenido en su momento por escandaloso.[4]
Podemos suponer que, al margen de las intenciones de Edison, el kinetoscopio parecía convocar un público de voyeurs afectos a los ojos de cerradura. De cualquier modo la visión individual mediante la ilusión de movimiento fueron, a mi juicio, los elementos que sedujeron al cronista y propiciaron el nacimiento de su columna cotidiana. (En este momento resulta conveniente apuntar que la composición etimológica de la palabra kinetoscopio, lleva el predijo kines, que significa movimiento).

Sin lugar a dudas, el autor que utilizó el seudónimo Ch. Demailly para firmar la columna “Kinetoscopio” advirtió las cualidades de ese aparato y las hizo extensivas a sus crónicas, pues en ellas también se percibe el propósito de “mostrar la realidad” desde una nueva óptica de la vida urbana de entonces, tal vez la óptica “objetiva”, sin moral, prejuicios ni valoraciones estéticas, que ofrecían las escenas directas del invento que revolucionaría, años después, nuestra concepción de los “discursos” narrativos.

Respecto a la identidad de Ch. Demailly, pienso que se trata de alguno de los colaboradores del mismo periódico, o bien de algún escritor muy próximo a la sensibilidad y a las preocupaciones sociales de Ángel de Campo. A juzgar por el contenido de las crónicas y por el interés que demostró por el cinematógrafo, un año más tarde, creo que bien podría tratarse de Luis G. Urbina, amigo entrañable de Micrós y secretario de redacción de la Revista Azul, donde el autor de Cartones publicó asiduamente sus relatos y artículos después de la muerte de Manuel Gutiérrez Nájera, ocurrida en febrero de 1985.

Al leer los trabajos de Urbina sobre el cinematógrafo se constata el conocimiento que tenía de este aparato moderno así como de los instrumentos que le precedieron, entre ellos el kinetoscopio. Para Urbina el cinematógrafo tenía un relieve y una vivacidad que no poseía el kinetoscopio, el sentimiento de la realidad en el cinematógrafo decía El Viejecito, “se apodera del espectador y lo domina por entero.”[5]

Kinetoscopio: las crónicas de Ángel de Campo, Micrós, en El universal (1896), Estudio preliminar, compilación y notas de Blanca Estela Treviño, México, UNAM, 2004, pp.41-44



[1] José Martí, Nuevas cartas de Nueva York, p.125
[2] Se localizan varias notas interesantes en relación con el kinetoscopio en las páginas de El Universal del mes de enero de 1895. Por ejemplo, se registraban la asistencia de Porfirio Díaz y su esposa, doña Carmelita Romero, a la exhibición que bajo la expresa invitación de Edison, le ofrecieron los enviados del invento norteamericano. Igualmente se da noticia de los comentarios del presidente mexicano en relación con su visita a los talleres de Edison, en Estados Unidos en el año de 1891.
[3] Manuel Villegas López, Los grandes nombres del cine, tomo I, p.259
[4] Emilio García Riera, Historia del cine mexicano, p.15. En este volumen el autor señala: “Hacia los años cincuenta de este siglo funcionarían aún en la ciudad de México, por los rumbos pecaminosos de Santa María la Redonda, locales provistos con réplicas del viejo kinetoscopio en las que podían admirarse vistas fugaces tan vetustas como picantes”.
[5] El interés de Luis G. Urbina por el cinematógrafo queda documentado en la valiosa investigación de Ángel Miquel, El nacimiento de una pasión. Luis G. Urbina: primer cronista mexicano de cine. En este trabajo, el investigador recupera las crónicas que El Viejecito dedicó al cinematógrafo y que no habían sido recogidas en un solo volumen.